Desde el sendero
Javier Ledo · 1 de agosto, 2026

Hubo un momento en que dejó de caminar. No por cansancio, sino porque el sendero se abrió apenas un palmo entre las ramas y, de pronto, ahí estaba todo: el pueblo, la torre, el agua imposible. Uno no busca esas cosas. Le salen al paso.
Y él supo que si daba dos pasos más, aquello se cerraba. Que la ventana verde que la primavera había abierto por accidente en la maleza no iba a esperarle. Así que se quedó quieto, respirando fuerte todavía por la subida, y disparó desde donde estaba… con las hojas rozándole el objetivo, sin apartar nada.
Hay algo de infancia en esa manera de mirar. De niño escondido entre setos, espiando un mundo que sigue su vida sin saberse observado. El campanario apuntando al cielo desde hace siglos. Los tejados naranjas apretados unos contra otros como quien se hace compañía frente al mar. Y el agua, esa turquesa que en el norte solo aparece unos pocos días al año, cuando el Cantábrico decide portarse bien y regalar una mañana que parece prestada del Mediterráneo.
No fotografió un pueblo. Fotografió el privilegio de haber llegado hasta allí arriba, solo, y encontrarlo así.
Y eso, técnicamente, se traduce en un encuadre valiente. Porque dejar que la vegetación invada más de la mitad del cuadro es una decisión, no un descuido: el clásico marco dentro del marco, pero llevado al límite, con ramas que entran por los cuatro costados y empujan la mirada hacia ese hueco central donde vive la iglesia, situada casi exactamente en el tercio superior izquierdo.
La luz es natural, alta, de media mañana, y bastante dura, aunque el volumen del follaje la reparte y suaviza los primeros planos. La exposición está bien resuelta en un contexto complicado: el cielo conserva detalle en las nubes, el blanco de la fachada no se quema y las sombras de la vegetación mantienen información. Solo algunos brillos en las hojas cercanas se van un pelín arriba, algo casi inevitable aquí.
El enfoque se sitúa sobre el pueblo, con las ramas del primer plano desenfocadas pero reconocibles: profundidad de campo suficiente para el fondo, corta para lo cercano. Es lo que crea la sensación de estar mirando a través de algo, no de estar dentro.
Y la paleta hace el resto. Verde saturado contra turquesa contra ese azul marino de arriba, con los tejados aportando el único cálido de la imagen. Un contraste de complementarios que le da toda la energía. Quizá algo pasada de saturación en los verdes, pero funciona, porque así es exactamente como se recuerdan esas mañanas.
País Vasco – Mundaka
Latitud 43º 24′
“Todas las imágenes están protegidas por derechos de autor.”
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