El islote de las siete viudas
Javier Ledo · 22 de marzo, 2026

Hay lugares que no se visitan. Se sienten.
El Islote de las Siete Viudas aparece al final de la playa de Cofete como una promesa de piedra. Quieto. Eterno. Con los pies en el Atlántico y el alma en otra parte. Para llegar hasta él hay que caminar kilómetros por una orilla que parece no tener fin, con el viento enredándose en el pelo y las montañas volcánicas cayendo abruptamente al mar, como si el mundo hubiera decidido terminar justo aquí.
Y uno entiende, sin que nadie se lo explique, que este lugar guarda algo.
Dicen que hace mucho tiempo, siete mujeres venían hasta estas rocas a esperar. Sus hombres habían salido al mar… y el mar no los devolvió. Cada tarde, ellas miraban el horizonte. No de desesperación, sino de amor. Porque hay una forma de querer que no sabe rendirse, que sigue buscando aunque ya no quede nada que encontrar.
El islote lleva su nombre desde entonces. Y a veces, cuando el sol baja despacio detrás del Pico de la Zarza y tiñe la arena de un rojo casi imposible, uno casi puede verlas. Siete siluetas inmóviles frente al océano. Siete historias que el viento aún susurra.
Cofete es salvaje, sí. Agreste. Sin artificios ni concesiones. Pero tiene una ternura escondida que solo descubres si te quedas el tiempo suficiente. Si te sientas en la orilla, te quitas los zapatos y dejas que el agua fría te recuerde que estás vivo.
Que el amor duele. Que la espera es una forma de fe. Y que algunas rocas, sin quererlo, se convierten en monumentos a todo lo que no pudimos decir a tiempo.
El islote sigue ahí. Mirando el mar. Recordando.
Fuerteventura – Cofete
Latitud 28º 07′
“Todas las imágenes están protegidas por derechos de autor.”
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