Memorias de fuego y sal
Javier Ledo · 9 de febrero, 2026

Bajo un cielo que parece no tener fin, la tierra se despliega en un abrazo eterno con el Atlántico. Es un rincón del mundo donde el tiempo parece haberse detenido, dictado únicamente por el ritmo pausado de las olas y el susurro del alisio sobre la arena.
A lo lejos, las montañas se yerguen como guardianes de piedra, envueltas en un velo de nubes que acarician sus cumbres con la delicadeza de un secreto. Sus perfiles, esculpidos por el fuego antiguo y el cincel del aire, se rinden ante la inmensidad de un mar que viste todas las tonalidades del azul, desde el zafiro profundo hasta el turquesa más puro.
En la orilla, las dunas de nácar se derraman hacia el agua como una ofrenda, mientras que a nuestros pies, la tierra volcánica despierta en un tímido brote de verde, recordándonos la tenacidad de la vida en la aridez. Es una sinfonía de contrastes: la fuerza de la roca frente a la caricia de la espuma; el desierto que sueña con ser océano.
Es, en definitiva, un lienzo de soledad compartida, donde el alma respira y la mirada se pierde en un horizonte que promete libertad.
Fuerteventura – Península de Jandía
Latitud 28º 07′
“Todas las imágenes están protegidas por derechos de autor.”
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