
Las marcas que surcan el acantilado parecen más que simples huellas de erosión: evocan el rastro de una criatura ancestral que, según cuentan los pescadores más viejos, emerge solo en noches sin luna. Sus garras, afiladas como la roca misma, habrían rasgado la ladera en su ascenso desde las profundidades, buscando quién sabe qué —quizás memoria, quizás venganza. El mar, cómplice silencioso, borra sus pasos cada amanecer, pero la piedra conserva el testimonio. ¿Y si no es la tierra la que se desmorona, sino el tiempo que se abre para dejarlo pasar?
Lanzarote – El río
Latitud 29º 13′
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